Maggie, una chica de la calle

Maggie, una chica de la calle

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Maggie se pasó la mayor parte de los tres días siguientes inclinada sobre los eternos cuellos y puños, fantaseando sobre Pete y su entorno. Se imaginaba a un montón de mujeres enamoradas de él y creía que se decantaba peligrosamente por una chica indeterminada de apariencia encantadora, pero con un carácter desagradable.

Creía que Pete debía vivir rodeado de placeres. Gozaba de un círculo de amistades y mucha gente lo temía. Se imaginaba el brillo dorado del espectáculo al que irían. Una obra llena de colorido y melodías donde ella temía aparecer como un humilde ratoncito.

Su madre se pasó la mañana del viernes bebiendo whisky. Y durante la tarde de ese mismo día se dedicó a proferir insultos y a destrozar los muebles. Presentaba un aspecto repugnante e iba despeinada. Cuando Maggie llegó a casa a las seis y media, su madre dormitaba entre las sillas y la mesa destrozadas. Varios fragmentos de utensilios caseros estaban esparcidos por el suelo. Había descargado toda su furia de borracha contra el volante. Éste estaba en un rincón entre un montón de harapos.

—¡Vaya! —protestó, sentándose de repente—. ¿Dónde demonios has estado? ¿Por qué no llegas más temprano a casa? Te pasas el día vagando por las calles. Menudo elemento estás hecha.


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