Maggie, una chica de la calle

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Intuyó que volvería pronto. Invirtió parte de su paga semanal en la compra de una cretona de flores para confeccionar un volante. Lo cosió con infinito cuidado y lo colgó en la repisa ligeramente inclinada que había sobre la cocina. Lo miró un buen rato desde distintos ángulos de la habitación. Quería que esta presentara un aspecto agradable el próximo domingo por la noche, cuando quizá los visitara el amigo de Jimmie. Pero Pete no apareció ese domingo.

Maggie se sintió muy incómoda al contemplar el aspecto que presentaba la estancia. Estaba convencida de que Pete no sentiría ningún tipo de admiración por esos volantes.

Al cabo de varias noches, Pete apareció ataviado con elegancia. Puesto que Maggie sólo lo había visto dos veces y había lucido trajes distintos en ambas ocasiones, tuvo la sensación de que su armario era muy abultado.

—Oye, Mag —dijo—. Ponte tu mejor vestido y el viernes saldremos a ver un espectáculo.

Se quedó un momento haciendo ostentación de su vestimenta y desapareció sin mirar el volante.


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