Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Los dos hombres pasaron por debajo de las farolas parpadeantes y desaparecieron entre las sombras. Maggie dio media vuelta y contempló las oscuras y manchadas paredes así como los escasos muebles rústicos de su casa. De repente, un reloj que guardaba en su caja ovalada, que estaba astillada y abollada, le pareció un objeto abominable. Reparó en su ronco tictac. Las flores desteñidas de la alfombra le parecían asquerosas. Se dio cuenta de lo patético que había sido su intento por arreglar una cortina harapienta con un trozo de cinta azul.
Se preguntó qué estaría cenando Pete.
Entonces pensó en el taller de cuellos y puños. Se le antojaba como un lugar sombrío con un trabajo interminable y pesado. Sin duda Pete, en su elegante puesto, estaba en contacto con gente que tenía dinero y mostraba buenos modales. Seguramente conocería a muchas chicas bonitas. Debía de tener montones de dinero.
En cambio, para ella la vida era un cúmulo de privaciones e insultos. Sintió una repentina admiración por un hombre que era capaz de desafiarla abiertamente. Pensó que si el siniestro ángel de la muerte atrapara el corazón de Pete, este se encogería de hombros y diría: «Así es la vida».