Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —El otro día me encontré con un tipo en la ciudad —dijo—. Yo iba a ver a un amigo. El tipo en cuestión chocó conmigo al cruzar la calle, se da media vuelta y me dice: «Tú, insolente granuja», me suelta, tal cual. «Caray», le digo, «caray, vete al infierno y muérete», le digo. «Vete al infierno y muérete», así de claro se lo dije. Entonces el tipo montó en cólera. Me suelta que soy un despreciable canalla, o algo así, y que estaba destinado a la perdición. Cosas por el estilo. «Y un cuerno», le contesté, así tal cual. Luego le di una buena tunda.
Acompañado de Jimmie, Pete se marchó de casa de los Johnson envuelto en un resplandor de gloria. Asomada a la ventana, Maggie lo observó mientras descendía por la calle.
Éste sí que era un hombre que desdeñaba la fuerza de un mundo demasiado dispuesto a darse puñetazos. Éste era un hombre que despreciaba el poder revestido de bronce, un hombre cuyos nudillos eran capaces de desafiar el granito de la ley. Era un verdadero caballero andante.