Maggie, una chica de la calle

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En un último esfuerzo, la cantante entonó unos versos que describían el modo en que Gran Bretaña era aniquilada por América, e Irlanda rompía sus lazos. En la última estrofa, la cantante pareció emocionarse en el punto álgido de la pieza cuidadosamente preparado en el que abrió los brazos y entonó «La bandera de estrellas centelleantes». La gente estalló en un aluvión de sonoros vítores y se oía el retumbar de las pesadas botas golpeando el suelo. Las miradas brillaban como el fuego, y las manos callosas se agitaban presas de la emoción.

Tras un breve descanso, la orquesta volvió a tocar con estrépito y un hombre bajo y grueso hizo su aparición en el escenario. Comenzó a canturrear una melodía y a patear ante las candilejas, agitando con gran excitación un reluciente sombrero de seda. También repartía generosas miradas lascivas y sonrisas. Hacía muecas exageradas a la manera de un demonio pintado en una cometa japonesa. La multitud reía con regocijo. Sus piernas cortas y gruesas se movían constantemente. Gritaba, bramaba y agitaba su peluca roja hasta que el público rompió en encendidos aplausos.

Pete no prestaba demasiada atención a lo que ocurría en el escenario. Se limitaba a beber cerveza y a observar a Maggie.


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