Maggie, una chica de la calle

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Después de la bailarina salió un ventrílocuo a escena. Sostenía sobre sus rodillas dos muñecos impresionantes. Les hizo entonar canciones melancólicas y contar chistes sobre geografía e Irlanda.

—¿Estos muñecos hablan de verdad? —preguntó Maggie.

—No —respondió Pete—. Es todo de mentira.

Dos chicas, que en el programa se anunciaban como hermanas, salieron al escenario y cantaron el típico dúo que a veces se oye en los conciertos patrocinados por la Iglesia. Iba acompañado de un estilo de baile que, como es natural, nunca se ve en un concierto patrocinado por la Iglesia.

Después de la actuación del dúo, una mujer de edad indeterminada entonó una canción negra. El coro se balanceaba de un modo grotesco imitando a un mulato de una plantación cuando este se encuentra bajo el influjo de la música y la luna. El público quedó encantado con la actuación y eso obligó a la mujer a volver al escenario y cantar una triste balada, cuya letra versaba sobre el amor de una madre, de una enamorada que esperaba y de un joven desaparecido en el mar en las más espantosas circunstancias. La expresión complaciente desapareció de los rostros de parte del público. Muchas cabezas se inclinaban en un gesto que denotaba ansiedad y compasión. El último sentimiento doloroso de la pieza musical fue recibido con un sincero aplauso.


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