Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Al son de unos nuevos compases, volvió a aparecer en escena en medio de los aplausos atenuados ya de los hombres achispados. La orquesta se limitó a tocar música de baile y los encajes de la bailarina revoloteaban y ondeaban bajo el resplandor de las luces de gas. Maggie reparó en el hecho de que la cantante lucía media docena de enaguas. Era evidente que una sola hubiera bastado para cumplir la función asignada a esta prenda. Algún que otro hombre se inclinaba hacia delante por la fascinación que ejercían en ellos las medias de tonos rosados. Maggie estaba maravillada ante el esplendor del vestido y trataba de calcular el coste de las sedas y los encajes.
La bailarina desplegó durante diez minutos su falseada sonrisa de entusiasmo. Al final del baile se dejó caer formando una de esas grotescas posturas que estaban de moda en esa época entre las bailarinas de los teatros de la parte alta de la ciudad, y que así alimentaban la fantasía de la clientela del Bowery al hacerles creer que disfrutaban de los mismos espectáculos que la aristocracia, pero a un precio reducido.
—Oye, Pete —comentó Maggie inclinándose hacia él—. Me encanta este lugar.
—Claro que sí —repuso él con un tono complaciente.