Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Al parecer, el mundo la había tratado muy mal, y ella se cobraba su venganza sobre cualquiera que se pusiera a su alcance. Destrozaba los muebles como si, de este modo, estuviera haciendo valer sus derechos. Se henchía de virtuosa indignación cuando llevaba pequeños utensilios del hogar, uno a uno, bajo la penumbra del emblema de las tres bolas doradas[2], a una casa de empeños donde unos judíos los retenían con las ataduras de los intereses.
Jimmie volvía a casa cuando no tenía más remedio. Sus piernas atléticas lo llevaban dando tumbos y se metía en la cama algunas noches cuando hubiera preferido estar en otra parte.
El fanfarrón de Pete era como un enorme sol dorado para Maggie. La llevó a un museo de los horrores, donde la muchacha se asustó ante las hileras de pacíficos monstruos. Contemplaba angustiada sus deformidades y los consideraba una especie de tribu elegida.
Pete se esforzaba por hallar pasatiempos divertidos, y descubrió el zoológico de Central Park y el Museo de Arte. Pasaban allí algunas tardes de domingo. Pete no parecía demasiado interesado en esas obras. Vagaba por los pasadizos dándose aires de importancia, mientras Maggie reía con ganas.