Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Contemplaba las cabezas grises de las mujeres, convertidas en meros artilugios mecánicos, afanándose trabajosamente en la costura, y se imaginaba historias sobre su juventud feliz —idealizada o real—, sus borracheras del pasado, un bebé en casa y salarios aún sin cobrar. Se preguntaba hasta cuándo perdurarÃa su propia juventud, y comenzó a valorar el rosado de sus mejillas.
Se imaginaba a sà misma, en un futuro desesperanzador, convertida en una mujer flaca y amargada. Además, estaba convencida de que Pete era un hombre escrupuloso en lo concerniente al aspecto fÃsico de las mujeres.
Le habrÃa encantado que alguien estrujara entre sus dedos la grasienta barba del gordo extranjero que regentaba el taller. Era un hombre detestable. Llevaba calcetines blancos y zapatillas de deporte.
Se pasaba todo el dÃa parloteando desde su silla mullida. Como él era el amo de la cartera, ellas no tenÃan la posibilidad de replicar.
—¿Para qué creéis que os pago quince dólares a la semana? ¿Para que os divirtáis? ¡De eso nada!
Maggie sentÃa una gran necesidad de hablar de Pete con alguna amiga. Le hubiera gustado comentar su exquisita educación con alguien de confianza. En casa, su madre acostumbraba a estar borracha y de mal humor.