Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —¡Qué Dios la maldiga eternamente! —exclamó.
En la oscuridad del pasillo, Jimmie advirtió la presencia de un corrillo de mujeres que charlaban. Al pasar a su lado, no le prestaron la menor atención.
—Siempre fue muy osada —oyó como decÃa una de ellas con afán—. Coqueteaba con todos los muchachos que venÃan a casa. Mi Annie dice que la desvergonzada intentó conquistar a su hombre, a su propio hombre, nosotros que hasta conocÃamos a su padre.
—Esto te lo podrÃa haber dicho yo hace un par de años —comentó una mujer en tono triunfante—. Sà señor, hace más de dos años que le dije a mi viejo: «Esta niña de los Johnson no es buena pieza», le dije. «Qué demonios», me replicó. «De acuerdo», le contesté, «pero yo ya sé lo que me digo. Tú espera y verás», le advertÃ, «ya lo verás».
—Cualquiera que tuviera ojos podÃa ver que algo le pasaba a esa chica. Nunca me gustó su actitud.
En la calle, Jimmie se encontró a un amigo.
—¿Qué demonios te pasa? —preguntó.
Jimmie entró en detalles.
—Voy a darle tal paliza que no podrá sostenerse en pie.
—¿Y de qué te va a servir? Te meterán en la cárcel. Todo el mundo estará metido en el ajo, y son diez dólares, caramba.