Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —Es hija del diablo, Jimmie —susurró—. ¿Quién hubiera pensado que una chica tan mala podrÃa crecer en nuestra familia? Jimmie, hijo mÃo, ¿cuántas horas has pasado diciéndole que se condenarÃa si hacÃa la calle? Y después de haberla criado, y de haber hablado con ella, escoge el camino de la perdición como un pato el agua.
Le resbalaban las lágrimas por su rostro cubierto de arrugas. Las manos le temblaban.
—Y cuando a Sadie MacAllister, la vecina de al lado, la perdió aquel chico que trabajaba en la fábrica de jabón, ¿acaso no le dije a Maggie…?
—Bueno, eso es otra cosa —interrumpió el hermano—. Claro, Sadie era buena y todo eso, pero… no es lo mismo. Maggie es distinta, muy distinta.
Jimmie se esforzaba por formular una teorÃa que siempre habÃa defendido inconscientemente, a saber, que todas las hermanas, excepto la suya, podÃan perderse.
De pronto, estalló de nuevo:
—¡Voy a partirle la cara al tipo que le ha hecho daño! ¡Voy a matarlo! Cree que puede librarse de mÃ, pero cuando vaya a por él, se va a enterar de lo equivocado que está, el maldito sinvergüenza. ¡Lo voy a arrastrar por las calles!
Jimmie salió del apartamento como un vendaval. Cuando hubo desaparecido, la madre levantó las manos en un gesto de súplica.