Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —¿Qué demonios te ocurre? —preguntó la mujer.
Jimmie dejó escapar un insulto entre dientes y se rió con amargura.
—Que Maggie está perdida, eso es lo que ocurre, ¿es que no lo sabes?
—¿Qué? —insistió la madre.
—Maggie está perdida, ¿es que estás sorda? —rugió Jimmie con impaciencia.
—Eso es lo que tú crees —murmuró la madre con cierta expresión de sorpresa.
Él soltó un gruñido y se asomó a la ventana. Su madre se sentó en una silla, pero no tardó en levantarse para soltar una sarta de insultos. Jimmie se dio media vuelta y contempló cómo ella daba tumbos y se balanceaba en medio de la habitación. Su rostro aparecía convulsionado, y los brazos amoratados se levantaban en un gesto amenazador.
—¡Qué Dios la maldiga eternamente! —chilló—. ¡Qué no tenga para comer más que tierra y piedras de la calle! ¡Qué duerma en el arroyo y no vea nunca más la luz del sol! Será…
—Déjalo ya. Piérdete.
La madre alzó los ojos hacia su hijo con expresión de dolor.