Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —«Qué demonios, sû —gritó la mujer. Soltó una risotada parecida a un graznido profético—. «Qué demonios, sû —insistió ella.
No habÃa nadie en casa. Por lo visto, alguien se habÃa esforzado por ordenar las habitaciones. Una parte de los destrozos del dÃa anterior habÃa sido reparada por una mano inexperta. Una silla o dos y la mesa se tambaleaban sobre unas patas endebles. El suelo estaba recién barrido. Las cintas azules volvÃan a lucir en las cortinas, y el volante, con sus grandes manojos de trigo amarillo y rosas rojas de igual medida, colgaba de nuevo sobre la repisa, aunque en un estado lamentable. La chaqueta y el sombrero de Maggie habÃan desaparecido del clavo que sobresalÃa detrás de la puerta.
Jimmie se acercó a la ventana y miró a través del sucio cristal. Se le pasó por la cabeza la idea de si las mujeres que conocÃa tenÃan hermanos.
De repente, sintió ganas de soltar tacos.
—¡Se supone que es amigo mÃo! ¡Yo lo traje aquÃ! ¡Eso es lo peor!
Se enfadó mucho y empezó a dar vueltas por la habitación hasta que su ira se convirtió en furia.
—Voy a matar a ese tipo. ¡Eso es lo que voy a hacer! ¡Voy a matarlo!
Cogió el sombrero y se apresuró a cruzar la puerta. Pero esta se abrió de repente y la inmensa mole de su madre le bloqueó el paso.