Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Una mujer radiante y audaz, acompañada de un joven anodino, entró en la sala de fiestas y se sentó cerca de su mesa.
Pete se puso de pie de un salto, sonriendo por la agradable sorpresa.
—Por Dios, ¡ahí está Nellie! —exclamó.
Se acercó a la mesa y extendió la mano con prontitud.
—Vaya, Pete, muchacho, ¿cómo te va? —saludó la mujer mientras le tendía la mano.
Maggie se fijó inmediatamente en ella. Observó que el traje negro que lucía le sentaba a la perfección. El cuello de hilo y los puños estaban inmaculados. Los guantes de color canela se ceñían a sus esbeltas manos. Sobre su cabellera oscura llevaba con gran elegancia un sombrero de última moda. No lucía joyas e iba maquillada con discreción. Miraba con ojos perspicaces a los hombres que la contemplaban fijamente.
—Siéntate y tráete a tu amiga —invitó cordialmente a Pete.
Obedeciendo sus señas, Maggie se acercó y se sentó entre Pete y el joven.
—Creí que te habías marchado para siempre —dijo Pete para iniciar una conversación—. ¿Cuándo has vuelto? ¿Cómo te fue el asunto de Buffalo?
La mujer se encogió de hombros.