Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle No faltaba la acostumbrada nube de humo, pero era tan densa que parecía que las cabezas y los brazos se enredaran en ella. El murmullo apagado de las conversaciones se convertía aquí en un estruendo. La gente profería insultos. El aire de la estancia vibraba con las voces agudas de las mujeres que charlaban entre risas de borrachera. La característica principal de la música de la orquesta era la velocidad. Los músicos tocaban con gran empeño. Una mujer cantaba y sonreía sobre el escenario, pero nadie le hacía el menor caso. El ritmo que marcaban el piano, la corneta y los violines daba un aire salvaje a la muchedumbre medio ebria. Los vasos de cerveza se vaciaban de un trago y la conversación se convertía en un veloz charloteo. El humo revoloteaba y se arremolinaba en el aire como un misterioso río que se precipitara por una cascada invisible. Pete y Maggie entraron en el salón y se sentaron en una mesa junto a la puerta. La mujer que estaba apostada junto a la entrada hizo un intento por atraer la atención de Pete, pero se marchó al ver truncados sus esfuerzos.
Hacía tres semanas que Maggie había abandonado su hogar. Su aire de dependencia perruna había aumentado y mostraba su efecto directo en la peculiar negligencia y desenvoltura con la que Pete la trataba.
Maggie seguía con los ojos a Pete, requiriendo con sonrisas una mirada agradable por parte de él.