La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes

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»Angelo se echó a la espalda su pesado azadón y abandonó el campo. Se sentía menos cansado que cuando había empezado a trabajar por la mañana, pero se prometió a sí mismo que iría directamente a casa sin entretenerse en la garganta, que comería la mejor cena que pudiera prepararse y dormiría toda la noche en su cama como corresponde a un cristiano. No volvería al angosto sendero para dejarse tentar por una sombra de labios rojos y aliento helado; no volvería a soñar ese sueño de terror y deleite. Ya estaba cerca de la aldea; el sol se había puesto hacía media hora y la agrietada campana de la iglesia había enviado sus leves ecos discordantes a través de las rocas y las cañadas para decirles a todas las buenas gentes que el día había terminado. Angelo se quedó inmóvil un momento allí donde el sendero se bifurcaba, llevando hacia la aldea por la izquierda y hacia la garganta por la derecha, y donde un macizo de castaños dominaba el angosto sendero. Se quedó inmóvil durante un minuto, quitándose el maltrecho sombrero de la cabeza y contemplando el mar que se desvanecía rápidamente hacia el este, y sus labios se movieron mientras repetía en silencio la tan familiar plegaria del anochecer. Sus labios se movieron, pero las palabras que siguieron ese movimiento en su cerebro habían perdido todo significado y se habían convertido en otras palabras distintas, y terminaron con un nombre pronunciado en voz alta: ¡Cristina! La tensión de su voluntad se relajó repentinamente con ese nombre, la realidad se esfumó y el sueño volvió a apoderarse de él y le llevó consigo tan rápida y seguramente como a un hombre que camina dormido, abajo, abajo, por el angosto sendero que conducía a la creciente oscuridad. Y cuando se puso junto a él, Cristina le habló en susurros al oído, contándole cosas tan extrañas como dulces, cosas que de haber estado despierto sabía que le hubiesen resultado imposibles de comprender del todo; pero ahora eran las palabras más maravillosas que había oído en toda su vida. Y también le besó, pero no en la boca. Sintió el pinchazo de sus besos sobre su blanca garganta, y supo que sus labios estaban muy rojos. Aquel sueño enloquecido siguió desarrollándose a través del crepúsculo, la oscuridad y la salida de la luna y toda la gloria de la noche veraniega. Pero con el alba helada volvió a encontrarse tumbado sobre el montículo, como si estuviera medio muerto, recordando y sin recordar lo ocurrido, despojado de su sangre y, aun así, sintiendo el extraño anhelo de ofrecerle todavía más a esos labios rojos. Después llegó el miedo, el pánico horrible que no tenía nombre, el horror mortal que vigila los confines del mundo que no vemos y que no conocemos como conocemos otras cosas, pero que sentimos en cuanto su gélida frialdad congela nuestros huesos y remueve nuestro cabello con el contacto de una mano fantasmal. Angelo volvió a levantarse de un salto y corrió por la garganta hacia el día que empezaba, pero esta vez sus pasos eran menos seguros y jadeaba en busca de aliento mientras corría; y cuando llegó al manantial de límpidas aguas que brota a medio camino de la colina cayó a cuatro patas ante él y hundió su rostro en el agua, y bebió como jamás había bebido antes, pues la suya era la sed del herido que ha pasado toda la noche desangrándose sobre el campo de batalla.


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