La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes

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»Le tenía atrapado y no podía huir de ella: iría a verla cada ocaso hasta que le hubiera arrebatado su última gota de sangre. Cuando el día terminaba intentaba tomar otro rumbo y volver a casa por un sendero que no pasara cerca de la garganta, pero todo era en vano. En vano se hacía promesas a sí mismo cada mañana cuando subía por el camino solitario que iba de la costa a la aldea. Todo era inútil, pues cuando el sol se hundía ardiendo en el mar y el frescor del anochecer emergía como de un escondite para deleitar al mundo cansado, sus pies se dirigían hacia el viejo sendero, y ella estaba esperándole bajo la sombra de los castaños; y entonces todo volvía a suceder como siempre, y ella empezaba a besarle su blanca garganta mientras se deslizaba sobre la tierra, rodeándole con un brazo. Y a medida que su sangre se iba agotando, el hambre de ella aumentaba y su sed crecía con cada día que pasaba, y cuando despertaba a primera hora del amanecer cada vez le resultaba más difícil reunir las fuerzas necesarias para subir por el empinado sendero que llevaba a la aldea; y cuando iba a trabajar al campo arrastraba los pies, y sus brazos apenas tenían la fortaleza necesaria para blandir el pesado azadón. Ahora ya casi no hablaba con nadie, pero la gente decía que estaba “dejándose consumir” por el amor a la chica con quien tendría que haberse casado antes de perder su herencia; y reían jovialmente ante esa idea, pues este país no es muy romántico. Ésa fue la época en que Antonio, el hombre que vive aquí para cuidar de la torre, volvió de visitar a su familia, que habita cerca de Salerno. Había estado ausente desde antes de la muerte de Alario y no sabía nada de lo ocurrido. Me ha contado que regresó a última hora de la tarde y que fue directamente a la torre para comer y dormir, pues estaba muy cansado. Despertó cuando ya era medianoche pasada, y cuando miró hacia afuera la luna menguante estaba asomando por detrás de la colina. Sus ojos fueron hacia el montículo, y vio algo, y esa noche ya no volvió a dormir. Cuando volvió a salir por la mañana ya era de día, y en el montículo no había nada que ver, sólo guijarros y arena traída por el viento. Aun así no quiso acercarse demasiado a él; tomó por el camino que lleva a la aldea y fue directamente a la casa del viejo sacerdote.


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