La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes Alguien pidió puros. Habíamos estado hablando mucho rato y la conversación comenzaba a languidecer; el humo del tabaco había impregnado las pesadas cortinas y el vino había embotado nuestros cerebros dejándolos igualmente pesados; era obvio que, a menos que alguien nos sacara de nuestro letargo, la reunión moriría de forma natural y nosotros, los invitados, correríamos a nuestras casas a acostarnos y, sin duda, a dormir. Nadie había dicho nada digno de mención; tal vez es que nadie tenía nada digno que mencionar. Jones había aportado cada detalle de su última aventura de caza en Yorkshire. El señor Tompkins, de Boston, había explicado largo y tendido los principios empresariales cuyo debido y cuidadoso mantenimiento posibilitó al Ferrocarril de Atchison, Topeka y Santa Fe no sólo extender su territorio, incrementar su influencia en el Estado y transportar ganado sin permitir que este pereciera de hambre antes del día de la entrega, sino también hacer creer falazmente durante años a todos aquellos pasajeros que compraban billetes que la antes mencionada empresa era realmente capaz de transportar vidas humanas sin destruirlas. El signor Tombola se había empeñado en convencernos, con argumentos que no nos molestamos en rebatir, de que la unidad de su país no se parecía en absoluto al torpedo estándar moderno, cuidadosamente planificado y construido con toda la experiencia de los arsenales europeos más importantes, sino que estaba diseñado para ser dirigido por manos débiles hacia una región donde sin duda explotaría, sin ser visto, ni temido, ni escuchado, en un erial sin límites del caos político.