La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes No creo que vacilara ni un segundo en cuanto mi corazón volvió a latir. Salté del puente hacia las oscuras aguas turbulentas, buceé hasta el fondo, salí otra vez a la superficie con las manos vacías, me giré y nadé a favor de la corriente, atravesé la gruta entre la espesa oscuridad, hundiéndome y buceando a cada brazada, me golpeé la cabeza y las manos contra piedras escarpadas y salientes afilados hasta que agarré algo entre mis dedos y lo arrastré a la superficie con todas mis fuerzas. Hablé, grité a todo pulmón, pero no hubo respuesta. Estaba solo en la completa oscuridad con mi carga, y la casa estaba a unos quinientos metros de allí. Aún braceando, sentí el suelo bajo mis pies, vi un rayo de luna… la gruta se ensanchó y el canal se transformó en un ancho arroyo poco profundo; avancé a trompicones sobre las piedras y finalmente logré depositar el cuerpo de Margaret en la ribera al otro lado del parque.
—¡Ay, Willie, mientras sonaba el reloj! —oí decir a Judith, la niñera galesa, al tiempo que se inclinaba y miraba el rostro lívido. La anciana debió dar la vuelta y seguirnos, vio el accidente y salió por la entrada inferior del jardín—. ¡Ay! —gimió—, has alimentado a la Mujer del Agua esta noche, Willie, mientras el reloj tocaba las horas.