La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes Siempre preguntaba los nombres de las muñecas rotas cuando se las llevaban, y por lo general la gente sabía el nombre y se lo decía. Le gustaba el nombre de «Nina». En conjunto y en cada uno de sus detalles le gustaba más que cualquier otra muñeca que hubiera visto desde hacía años, y enseguida se sintió atraído hacia ella y tomó la firme resolución de hacer que se recuperara y se pusiera fuerte, sin importar el trabajo que pudiera suponerle.
El señor Puckler trabajaba pacientemente en periodos cortos, y Else lo miraba. Ella no podía hacer nada por la pobre Nina, cuya ropa no necesitaba ser remendada. Cuanto más tiempo pasaba el doctor trabajando en ella, más le gustaba el cabello rubio y los hermosos ojos de cristal marrones. En ocasiones se olvidaba de las otras muñecas que esperaban ser reparadas y que yacían unas junto a otras en un estante, y se sentaba durante horas observando el rostro de Nina mientras se devanaba los sesos tratando de imaginar alguna nueva técnica mediante la cual pudiera ocultar hasta el más pequeño rastro del terrible accidente.