La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes Eran los últimos días de primavera y las tardes eran largas, pero pronto anochecería y el señor Puckler se preguntaba por qué no regresaba Else. Se había marchado hacía ya una hora y media, mucho más tiempo del esperado, pues apenas había medio kilómetro desde Belgrave Square a Cranston House. Supuso que la niña tuvo que esperar un rato, pero a medida que el crepúsculo iba oscureciéndose su nerviosismo fue en aumento y comenzó a pasear de un lado a otro del taller en penumbra. Ya no pensaba en Nina, sino en Else, su propia hija viva, a quien él tanto amaba.
Una sensación indefinida e inquietante se apoderaba de él por momentos, una frialdad y una leve crispación del vello, junto al deseo de estar acompañado y no solo durante mucho más tiempo. Era el comienzo del miedo.
Se dijo a sí mismo en su inglés con fuerte acento alemán que se estaba comportando como un estúpido y comenzó a buscar a tientas las cerillas en la oscuridad. Sabía dónde debían estar, porque siempre las guardaba en el mismo sitio, cerca de la pequeña caja de lata en la que guardaba trozos de cera de sellado de varios colores, para cierto tipo de reparaciones. Pero, extrañamente, no lograba encontrar las cerillas en la oscuridad.