La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes —Else —dijo con voz temblorosa—, tienes que hacerlo por mÃ. No puedo soportar verla dentro de esa caja.
Se levantó y se quedó frente a la ventana, de espaldas a la habitación, mientras Else hacÃa lo que él no se sentÃa capaz de hacer.
—¿Ya está? —preguntó sin girarse—. Entonces llévatela, querida. Ponte el sombrero y llévala rápidamente a Cranston House, y cuando hayas salido me daré la vuelta.
Else estaba acostumbrada a las rarezas de su padre en relación a las muñecas, y aunque jamás lo habÃa visto tan conmovido por tener que dejar marchar a una de ellas, tampoco estaba excesivamente sorprendida.
—Regresa rápido —le dijo cuando escuchó la mano de su hija sobre el pestillo de la puerta—. Se está haciendo de noche y no deberÃa enviarte a estas horas, pero no puedo soportar esta espera por más tiempo.
Cuando Else se hubo marchado, se apartó de la ventana y se volvió a sentar en la silla junto a la mesa para esperar a que regresara su hija. Tocó el lugar donde Nina habÃa estado tumbada, con mucha delicadeza, y recordó la cara levemente rosada, los ojos de cristal y los rizos de cabello rubio, hasta el punto de que casi pudo verlos.