La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes Y ahora estaba sentado a la mesa cuadrada de trabajo y Nina estaba tumbada frente a él, por última vez, junto a una gran caja de cartón de color marrón. Espera ahí como si fuera su ataúd, pensó. Debía poner la muñeca dentro y cubrir el querido rostro con papel de seda, y luego con la tapa, y al pensar en que debía atar el cordel sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. Ya no volvería a mirar a las cristalinas profundidades de aquellos hermosos ojos castaños, ni escucharía la fina voz de madera diciendo: «Pa-pá» y «Ma-má». Fue un momento muy doloroso.
Con la vaga esperanza de ganar algo de tiempo antes de la separación, cogió los pequeños tarros pegajosos de masilla, de cola, de goma arábiga y de tintes, examinó cada uno de los tarros y luego, en cada ocasión, el rostro de Nina. Todos sus pequeños instrumentos estaban allí, pulcramente ordenados en una hilera, pero sabía que no sería capaz de usarlos de nuevo con Nina. Ahora estaba lo bastante fuerte, y en un país donde no hubiera niños crueles que la hiriesen, podría vivir cien años más, con tan sólo una línea casi imperceptible en su rostro como recuerdo del terrible accidente que había sufrido en los escalones de mármol de Cranston House.
De repente, al señor Puckler le embargó una gran emoción y se levantó precipitadamente de su asiento y se volvió.