La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes ¿No has escuchado nunca esa historia? El cuarto marido consiguió mantenerse despierto y la pilló, y fue ahorcada. ¿Cómo lo hacía? Los drogaba y derramaba plomo fundido en sus orejas a través de un pequeño embudo de cuerno cuando dormían… No… Es el silbido del viento. Está soplando hacia el sur de nuevo. Puedo distinguirlo por el sonido. Además, el otro ruido no se oye normalmente más de una vez por noche en esta época del año… si es que se oye. Sí, fue en noviembre. La pobre señora Pratt murió de repente en su cama no mucho después de mi cena en esta casa. Puedo calcular la fecha porque la noticia me llegó cuando estaba en Nueva York; me informó la tripulación del buque que seguía al Olympia cuando zarpó en su primera travesía. ¿Tú navegabas en el Leofric ese mismo año? Sí, lo recuerdo. En qué par de viejos blandengues nos estamos convirtiendo, tú y yo. Hace ya casi cincuenta años que éramos unos grumetes en el Clontarf. ¿Podrás olvidar alguna vez al viejo Blauklot? «¡Despedíos parra siemprre de las pobrres guentes de tierra adentro esta noche, muchiachios!» ¡Ja, ja! Échate un poco más, tienes demasiada agua en la copa. Es el Hulstkamp añejo que encontré en la bodega cuando heredé esta casa, el mismo que regalé a Luke a mi regreso de Ámsterdam, hace veinticinco años. Jamás probó ni una sola gota. Tal vez ahora se arrepienta de ello, pobre hombre.