El último secreto
El último secreto El Gólem había visto con sus propios ojos los restos del experimento: cápsulas de suspensión, electrodos, generadores de campo cuántico. Habían querido medir el alma como si fuera electricidad, atrapar lo inmedible. Pero algo había salido mal. Algo había despertado.
Mientras repasaba los planos, su visión se nubló. Una presión invisible llenó la habitación: el Éter, lo llamó. Una presencia que no podía ver, pero sentía como un enjambre de pensamientos ajenos rozándole la piel. Se llevó la varilla metálica a la cabeza y frotó su frente con fuerza. “No aún”, murmuró. “Aún no”.
En ese instante, en Londres, un hombre conocido solo como Mr. Finch ajustaba sus gafas Cartier y observaba las luces de la ciudad desde un despacho en Mayfair. Era el enlace financiero de un consorcio de empresas tecnológicas que financiaba investigaciones secretas sobre la conciencia. Y una de esas investigadoras, Brigita Gessner, había dejado de responder. Finch sabía que algo grave había ocurrido. Y que la clave podía estar en la mujer que habló en Praga la noche anterior: Katherine Solomon.