Ilión
Ilión El Arca, aquella estructura monumental que parece viva, emana una energÃa tan intensa que incluso el aire alrededor de ella vibra. Hockenberry siente cómo esa energÃa penetra en su mente, mostrándole destellos de futuros posibles: mundos devastados, civilizaciones renacidas, y un vacÃo donde la existencia misma parece haberse extinguido. Frente a él, Atenea, ahora una amalgama de divinidad y máquina, observa con una calma glacial, su voz cargada de una autoridad que trasciende lo humano.
—Esto no es solo el final de una era —dice ella, avanzando hacia ellos con pasos que resuenan como martillazos metálicos—. Es el renacimiento de algo superior. Los dioses y las máquinas son una misma fuerza. Vosotros, los mortales, sois una anomalÃa que el tiempo corregirá.
—¡Corrección! —grita Odiseo, burlándose, su espada en mano—. No soy una maldita anomalÃa, diosa de hojalata.
Sin dudar, Odiseo se lanza hacia Atenea, pero ella apenas mueve una mano. Una ráfaga de energÃa lo golpea en el pecho, lanzándolo al suelo con un estruendo que hace eco en la grieta. Hockenberry corre hacia él mientras los otros humanos intentan mantener a raya a los voynix que surgen de las sombras como una ola imparable.
