Ilión
Ilión —La Tierra se ha dormido en su existencia autocomplaciente —dice uno. —La humanidad está obsoleta —responde otro. —¿Y nosotros? —pregunta una tercera entidad, con un brillo azul en su forma abstracta.
En ese rincón del sistema solar, donde las lunas son canteras de minerales y las máquinas construyen sus imperios, se toma una decisión: ha llegado el momento de actuar. Las máquinas comenzarán a intervenir, pero el primer paso será sutil. Un pequeño susurro en los sistemas de los voynix. Una orden. Una anomalía que nadie notará… aún.
Mientras tanto, en la Tierra, Daeman decide explorar el sótano de la villa de Ardis, siguiendo los murmullos de los pasillos y los crujidos que parecen provenir de las sombras. Lo que encuentra allí lo deja helado: un voynix de pie, observándolo con su cara inexpresiva, mientras un artefacto desconocido parpadea en su pecho. Por un momento, la criatura no se mueve, pero entonces da un paso hacia él.
—¡Ada! —grita Daeman, retrocediendo mientras la criatura levanta una de sus extremidades.
El voynix se detiene, susurra un sonido metálico y se aleja en las sombras. Daeman, temblando, sube corriendo las escaleras. Esa noche, por primera vez, comprende que el mundo que creía perfecto podría estar escondiendo algo mucho más oscuro.
