Los cantos de Hyperion
Los cantos de Hyperion La llamada llegó en medio de la pieza. Un sonido seco y repetitivo, interrumpiendo la cadencia de las teclas. El cónsul apartó las manos del piano, el eco de los truenos llenando el espacio vacío. —Demonios —masculló, sirviéndose un whisky mientras la transmisión se descodificaba.
—Has sido escogido para regresar a Hyperion —dijo una voz femenina, desgastada por los años, pero con la fuerza de quien carga el destino del universo en su espalda. Era Meina Gladstone, Funcionaria Ejecutiva Máxima de la Hegemonía.
El cónsul no respondió al instante. El nombre de Hyperion resonó en su mente como una amenaza. Ese mundo, con sus campos antientrópicos y las Tumbas de Tiempo, era una herida abierta en su memoria. Y el Alcaudón… aquella criatura imposible que rondaba en los bordes de la razón.
—Tú y otros seis peregrinos habéis sido elegidos. —La voz de Gladstone era implacable—. Esta puede ser nuestra última oportunidad de entender las Tumbas de Tiempo antes de que los éxters las reclamen.
Él levantó el vaso y dejó que el alcohol quemara su garganta. Su silencio era un rechazo. Pero Gladstone sabía que no podía negarse.
—La Iglesia del Alcaudón ha dado su bendición —añadió ella—. Y, cónsul… puede haber un agente éxter entre los peregrinos.
