Los cantos de Hyperion
Los cantos de Hyperion Un murmullo de tormenta llenó el espacio mientras ella colgaba. El cónsul quedó inmóvil, con la mirada fija en la nada. En algún lugar de las brumas de su mente, las imágenes de las Tumbas de Tiempo, esos monumentos imposibles que se alzaban como una burla al tiempo, se mezclaban con los gritos de aquellos que nunca regresaron.
Al amanecer, la nave arbórea Yggdrasill emergió del hiperespacio. Gigantesca y viva, sus ramas se extendían como tentáculos que tocaban las estrellas. El cónsul subió a bordo, consciente de que cada paso lo alejaba de su vida solitaria y lo acercaba al abismo de Hyperion. Allí estaban los otros seis peregrinos.
El primero, el padre Hoyt, un sacerdote católico cuyos ojos hablaban de un sufrimiento más profundo que cualquier penitencia. Luego, Fedmahn Kassad, el Carnicero de Bressia, cuya presencia era como un filo al borde de desgarrar la paz. Martin Silenus, un poeta cuya risa escondía más desesperación de la que quería admitir. Y Sol Weintraub, un académico cargando con su hija en brazos, el peso de un destino cruel aplastándole los hombros.
El grupo se completaba con Het Masteen, un templario cuya fe parecía inquebrantable, y Brawne Lamia, una detective que ocultaba un propósito tan afilado como su mirada.
