Los cantos de Hyperion
Los cantos de Hyperion —Parece una broma cruel, ¿verdad? —dijo Silenus, con una copa de vino en la mano—. Nos han reunido como si fuéramos un mal chiste. Un sacerdote, un militar, un poeta… ¿cuál será el remate?
—Sobrevivir —respondió Lamia, seca, sin levantar la vista.
El cónsul se apartó del grupo y observó cómo la nave cruzaba los vacÃos del espacio. SabÃa que el viaje a Hyperion no solo los enfrentarÃa al Alcaudón, sino también a los fantasmas que cada uno llevaba dentro.
Y asÃ, mientras las estrellas giraban a su alrededor, el Yggdrasill avanzó hacia un destino que prometÃa cambiar no solo sus vidas, sino el curso del tiempo mismo.
—Hyperion no perdona —murmuró el cónsul, sabiendo que esas palabras eran más una advertencia para sà mismo que para los demás.
La nave arbórea Yggdrasill navegaba en un silencio que pesaba más que el vacÃo del espacio. En su interior, los siete peregrinos eran sombras que cargaban con historias aún no contadas, mientras el Alcaudón, la criatura imposible, aguardaba en los confines del mundo llamado Hyperion.