Los cantos de Hyperion
Los cantos de Hyperion —Es hora de que hablemos —anunció el padre Hoyt, rompiendo la tensión que se acumulaba entre ellos como una tormenta contenida.
Se habÃan reunido en una plataforma de madera viva que se arqueaba sobre el tronco principal de la nave. Las estrellas se derramaban por los huecos entre las hojas, bañándolos con una luz frÃa y distante. Kassad cruzó los brazos, su rostro una máscara de desdén. Silenus sirvió otra copa de vino, como si estuviera viendo una obra teatral y no participando en un destino colectivo.
—¿Hablar de qué? —preguntó Kassad, su voz afilada—. ¿De quién será el primero en morir?
—De por qué estamos aquà —interrumpió Sol Weintraub, su tono lleno de un cansancio que parecÃa más antiguo que el propio tiempo. Miró a su hija, Rachel, quien dormÃa en sus brazos con una inocencia perturbadora—. Porque, aunque todos hemos recibido la llamada, dudo que sea por la misma razón.
El padre Hoyt carraspeó, y en su rostro se dibujó una sombra de culpa. —Yo lo sé —dijo al fin—. La Iglesia del Alcaudón me eligió para investigar las Tumbas de Tiempo. Hay algo ahà que no deberÃa existir. Algo que desafÃa las leyes de la creación misma.
—¿Y por qué no enviaron a un cientÃfico? —interrumpió Brawne Lamia, inclinándose hacia él—. ¿Qué puede hacer un sacerdote en un lugar como ese?
