Los cantos de Hyperion
Los cantos de Hyperion Fue Silenus quien respondió, su tono cargado de una ironía amarga: —Estamos buscando el futuro, mi buen coronel. Pero el futuro, como el Alcaudón, no es algo que puedas domesticar.
Mientras descendían hacia la superficie, el aire del Yggdrasill se volvió más denso, más difícil de respirar. Los susurros comenzaron. Al principio, cada uno pensó que eran sus propios pensamientos, pero pronto se dieron cuenta de que era algo más. Algo que venía de las Tumbas de Tiempo.
—¿Lo oyen? —preguntó Lamia, poniéndose de pie con la mano sobre su arma.
—No son voces. Es el tiempo que se parte en dos —respondió el cónsul, su rostro tan pálido como el metal de su nave.
Y entonces, sin previo aviso, el Alcaudón apareció en sus mentes. No como una visión, sino como una presencia. Un dolor visceral que los atravesó como un cuchillo. Rachel, la hija de Weintraub, despertó gritando, y Sol la sostuvo con fuerza mientras lágrimas silenciosas surcaban su rostro.
—Esto es solo el comienzo —susurró Gladstone desde una transmisión, su voz quebrada—. La Hegemonía los necesita. Pero ustedes también necesitan a Hyperion.