La inteligencia emocional
La inteligencia emocional Esta carencia no solo genera violencia externa, también erosiona por dentro. Las tasas de depresión han crecido de forma alarmante en todos los grupos etarios. El vacío emocional, la sensación de desconexión, la angustia difusa, el aislamiento afectivo, afectan tanto a niños como a adultos. La infancia, en particular, ha sido víctima de una negligencia afectiva creciente: padres ausentes, hogares emocionalmente fríos, pantallas como sustituto de vínculos reales.
A esto se suma un sistema educativo centrado en contenidos, donde las emociones no tienen lugar. Se penaliza al niño inquieto, al que llora, al que necesita consuelo, en lugar de enseñarle a autorregularse. Se crean ambientes escolares competitivos, sin espacio para la cooperación o la expresión emocional. Y así, se forma una generación que sabe resolver ecuaciones, pero no gestionar un rechazo o una pérdida.
En el ámbito laboral, el precio de la ceguera emocional también es alto: equipos que no funcionan, liderazgos autoritarios, estrés, burnout, insatisfacción permanente. La falta de habilidades emocionales deteriora los vínculos laborales y crea entornos tóxicos, donde el talento no puede desplegarse y el conflicto es constante.