Fuerzas irresistibles
Fuerzas irresistibles Las horas pasaron lentamente, y la noche cayó sobre la ciudad como un manto pesado. La habitación estaba iluminada solo por la luz de los monitores, cuyos pitidos parecían más fuertes en la oscuridad. Henrietta no se movió de la silla junto a la cama. Cada respiración de Dinella era una victoria, cada latido un recordatorio de que seguía luchando.
Cerca de la medianoche, Whitman regresó. Su rostro mostraba el agotamiento de un hombre que no había descansado en días, pero también una determinación feroz.
—Voy a quedarme aquí —anunció, dejando claro que no aceptaría un no por respuesta.
Henrietta levantó la vista, sorprendida. —¿Aquí?
—Si algo sucede, quiero estar cerca.
Se sentó en un rincón de la habitación, revisando papeles y anotaciones, pero siempre con un ojo puesto en el monitor. Henrietta lo observó en silencio, sintiendo, por primera vez, que no estaba completamente sola en esta batalla.
La noche avanzó, y a las tres de la mañana, los monitores emitieron un pitido diferente. Henrietta se tensó al instante.
—¿Qué pasa? —preguntó, mirando a Whitman con los ojos abiertos como platos.