Fuerzas irresistibles
Fuerzas irresistibles La calma se rompió con el estruendo de disparos, un sonido tan común en esas calles que, por un momento, nadie reaccionó. Pero el pánico se propagó como fuego. Gritos, caos, una estampida humana. Tres jóvenes armados surgieron de la nada, su violencia arrollando todo a su paso. Uno de ellos chocó contra Dinella, lanzándola al suelo. Henrietta corrió hacia su hija justo cuando otra ráfaga de balas desgarró el aire. Un grito perforó el bullicio: el cuerpo de Dinella cayó en el asfalto, su vestido empapado de sangre y agua del hidrante.
Henrietta se arrodilló junto a ella, sus manos temblorosas cubriendo la herida que no dejaba de sangrar. El horror la paralizaba, pero la realidad la golpeó con la fuerza de una bofetada. La niña debía llegar al hospital.
—¡Alguien ayúdeme! —rogó, pero la multitud se dispersaba, temerosa de las balas y la policía que llegaba tarde, como siempre. Dos paramédicos la empujaron suavemente para apartarla de Dinella. Subieron a la niña en una camilla, y Henrietta apenas tuvo tiempo de saltar al interior de la ambulancia.
El camino al hospital fue un suplicio. El paramédico principal, un hombre joven con manos firmes, trabajaba sin descanso para estabilizar a Dinella. Henrietta lo miraba desesperada.
