Invisible
Invisible —¿Dónde está mamá? —preguntó. —Fuera —respondió su padre sin apartar la vista del periódico.
No era solo la desaparición de su madre lo que la impactó, sino la confirmación de que su presencia no importaba. De que podía esfumarse sin que nadie la buscara.
Con el paso de los años, la distancia se solidificó. Fabienne regresaba en visitas breves, cargada de ropa cara y perfumes, hablando de París, de roles de teatro que nunca llegaban, de hombres con nombres elegantes. Brandon, por su parte, se convirtió en un desconocido que vivía bajo el mismo techo. El divorcio, cuando llegó, no fue más que una formalidad. Antonia tenía trece años.
Y fue en ese abismo que algo dentro de ella empezó a murmurar. Un deseo minúsculo, temeroso, de ser algo más. De no desaparecer. Empezó a escribir historias, a llenar cuadernos con personajes que sí eran escuchados, que sí encontraban su lugar. Historias sobre niñas invisibles que al final descubrían que eran extraordinarias.
—¿Qué escribes? —preguntó su profesora un día, al verla absorta en el cuaderno. —Solo historias... —respondió Antonia, bajando la mirada. —Me gustaría leerlas.
