La vida de Ruben Dario escrita por el mismo

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Don Crisanto, de quien ha hecho Luis Bonafoux, en una de sus crónicas, bien pimentada charge, era un hombre tan feliz y tan ecuánime a su manera, que no tenía la menor idea de la literatura… Había conocido, desde los tiempos de Thiers, a Víctor Hugo, a Dumas, a otras tantas celebridades, pero de Víctor Hugo no me contaba sino que en un banquete, en la inauguración del Hotel de Ville, le libró de un resfriado levantándose de la mesa y yéndose a poner su gabán, cosa que don Crisanto imitó…; y de Dumas, que una vez, al salir de una reunión, el famoso autor no encontraba su coche, y don Crisanto le fue a dejar en su casa en el suyo… Al ecuatoriano Juan Montalvo le llamaba aquel Montalvo que escribía… Tenía gran admiración por Gómez Carrillo, no porque hubiera leído su obra de escritor, sino porque Carrillo le servía a veces de secretario, y le contestaba las notas con frases poco usuales, notas que unas veces eran para Nicaragua, otras para Guatemala, porque don Crisanto había tenido el talento de conseguir la representación, alternativamente y a veces al mismo tiempo, de casi todas las cinco repúblicas centroamericanas. Tible Machado, ministro de Guatemala en Londres y Bruselas, era su pesadilla: y en la conferencia de La Haya… la cosa acabó en un duelo. Una noche, en París, la víspera del encuentro en el terreno me dijo mi ministro: «Mañana mato a Tible». No lo mató. Cierto es, que Don Crisanto había tenido otro duelo célebre, en tiempos casi prehistóricos, con el nombrado colombiano Torres Caisedo, que sacó su herida de la emergencia.


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