La vida de Ruben Dario escrita por el mismo
La vida de Ruben Dario escrita por el mismo A pocos momentos, tanto el mexicano como yo, habíamos ganado importante número de florines; pero la partida continuó, y cuando nos percatamos tanto él como yo, habíamos perdido todo lo ganado y bastante dinero más. De común acuerdo resolvimos irnos en seguida, mas cuando manifestamos nuestra intención, fue como si hubiésemos encendido un reguero de pólvora. Los hombres se sulfuraron y se pusieron ante nosotros en actitud amenazante. El joven intérprete nos explicó que se creían ofendidos. Nosotros estábamos sin armas y no había sino que emplear alguna treta oportuna. Yo le dije que había en todo una equivocación; que estábamos dispuestos a continuar el juego al día siguiente, pero que en ese momento teníamos que ir a la ciudad a recoger un dinero. El conde habló con sus compañeros y el joven nos dijo que nos invitaba al día siguiente para ir a un pushta o estancia húngara para que conociésemos la vida rural del país. Me apresuré a decir que con muchísimo gusto y en los ojos de los bandidos se vio una gran satisfacción. «¿A qué hora pasará el conde en su automóvil por ustedes? Tiene que ser antes de las ocho». «A las siete y media en punto», le contesté. Así nos dejaron partir. Cuando llegamos al hotel, el dueño del establecimiento nos dijo: «De buena se han librado ustedes. Esos pillos deben pertenecer a una banda que ha robado y hecho desaparecer varios extranjeros, cuyos cuerpos apuñalados se han encontrado en las aguas del Danubio». Tomamos el tren para Viena a las cinco de la mañana.