La vida de Ruben Dario escrita por el mismo
La vida de Ruben Dario escrita por el mismo Me llevó a un colegio que dirigía cierto célebre escritor, doctor Reyes. Oí que el terrible funcionario decía al director: «Que no deje usted salir a este joven, que lo emplee en el colegio y que sea severo con él». Dije para mí: «Estoy perdido». Pero el director era un hombre suave, insinuante, con habilidad indígena, culto malicioso, y comprendió qué clase de soñador le llevaban. «Amiguito —me dijo— no encontrará usted en mi severidad, sino amistad; pórtese bien, dará usted una clase de gramática. Eso sí, no saldrá usted a la calle, porque es orden estricta del señor presidente». En efecto, comencé a hacer mi vida escolar, no sin causar, desde luego, en el establecimiento inusitadas revoluciones. Por ejemplo, me hice magnetizador entre los muchachos. Hacía misteriosos pases y decía palabras sibilinas, y lo peor del caso es que un día uno de los chicos se durmió de veras y no lo podía despertar, hasta que a alguien se le ocurrió echarle un vaso de agua fría en la cabeza. El director me llamó y me dijo palabras reprensivas. No insistí, pero enseñé a recitar versos a todos los alumnos y era consultado para declaraciones y cartas de amor. En tal prisión estuve largos meses, hasta que un día, también por orden presidencial, fui sacado para algo que señaló en mi vida una fecha inolvidable: el estreno de mi primer frac y mi primera comunicación con el público.