La vida de Ruben Dario escrita por el mismo
La vida de Ruben Dario escrita por el mismo POR PEDRO PASÉ A VALPARAÍSO, en donde —¡anomalía!— iba a ocupar un puesto en la Aduana.
Valparaíso, para mí fue ciudad de alegría y de tristeza, de comedia y de drama y hasta de aventuras extraordinarias. Estas quedarán para después.
Pero no dejaré de narrar mi permanencia y mi salida de la redacción de El Heraldo. Lo dirigía a la sazón Enrique Valdés Vergara. Era un diario completamente comercial y político. Había sido yo nombrado redactor por influencia de Don Eduardo de la Barra, noble poeta y excelente amigo mío. Debo agregar para esto la amistad de un hombre muy querido y muy desgraciado en Chile: Carlos Toribio Robinet.
Se me encargó una crónica semanal. Escribí la primera sobre sports. A la cuarta me llamó el director y me dijo: «Usted escribe muy bien… Nuestro periódico necesita otra cosa… Así es que le ruego no pertenecer más a nuestra redacción…». Y, por escribir muy bien, me quedé sin puesto.
¡Que no olvide yo estos tres nombres protectores: Poirier, Galleguillos Lorca y Sotomayor!
Mi vida en Valparaíso se concentra en ya improbables o ya hondos amoríos; en vagares a la orilla del mar, sobre todo, por Playa Ancha; invitaciones a bordo de los barcos, por marinos amigos y literarios; horas nocturnas, ensueños matinales y lo que era entonces mi vibrante y ansiosa juventud.
