Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo El Beagle no había llegado; nos pusimos, pues, en camino para regresar; pero nuestros caballos estaban fatigados y nos vimos obligados a vivaquear en la llanura. Por la mañana habíamos dado muerte a un armadillo; pero aunque éste sea un manjar excelente asado en su caparazón, no constituye dos comidas substanciosas para un par de hombres hambrientos. En el lugar en que nos habíamos visto obligados a detenemos, para pasar la noche, el suelo estaba recubierto de una capa de sulfato de sosa; no existía, pues, agua. Sin embargo, un gran número de pequeños roedores lograban allí su subsistencia y durante la noche oí cómo el tucutuco lanzaba su llamada habitual justamente debajo de mi cabeza. Montábamos muy malos caballos; y estaban tan agotados a la mañana siguiente, por no tener nada que beber, que nos vimos obligados a apeamos y a continuar nuestro camino a pie. A eso del mediodía, nuestros perros mataron un cabrito, que asamos. Comí un poco, pero sentí en seguida una sed intolerable. Y sufría tanto más cuanto que, a consecuencia de las recientes lluvias, encontrábamos a cada instante pequeños charcos de agua perfectamente límpida, pero de la que fuera nocivo beber una sola gota. Apenas si hacía veinte horas que me hallaba privado de agua, y no había estado expuesto al sol más que poco tiempo; sin embargo, experimentaba una gran debilidad. ¿Cómo se puede sobrevivir, pues, durante dos o tres días en idénticas circunstancias? Esto es lo que no puedo comprender. Sin embargo, debo confesar que mi guía no sufría en modo alguno y hasta, al parecer, estaba asombrado de que un solo día de privación me produjera tal efecto.