Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Dos días después me dirijo de nuevo al puerto. Estamos ya cerca de nuestro destino, cuando mi compañero, el mismo hombre que ya me había guiado la vez anterior, columbró a lo lejos tres personas que cazaban a caballo. Echó en seguida pie a tierra, las examinó con cuidado y me dijo: "Esa gente no monta a caballo como los cristianos y, por otra parte, nadie puede salir del fuerte". Los tres cazadores se reunieron y a su vez echaron pie a tierra. Al fin uno de ellos volvió a montar a caballo, se dirigió hacia la cumbre y desapareció. Mi compañero, entonces, me dijo: "Conviene que de nuevo montemos a caballo; cargue usted su pistola", y examinó su sable. "¿Son indios?", le pregunté. "Quién sabe. Por lo demás, si son sólo tres, eso no tiene importancia". Pensé entonces que el hombre que había desaparecido tras de la colina había ido a buscar al resto de la tribu. Comuniqué este pensamiento a mi guía, pero él me respondió siempre con su eterno "Quién sabe". Sus miradas no se separaban un instante de la línea del horizonte, que escrutaba con cuidado. Su imperturbable sangre fría acabó por parecerme una verdadera chuscada y le pregunté por qué no regresábamos al fuerte. Su respuesta no dejó de inquietarme: "Regresaremos –dijo–, pero en el momento en que pasemos cerca de un pantano; nos lanzaremos hacía él con nuestros caballos al galope y nos llevarán en tanto que puedan; después nos confiaremos a nuestras piernas; de este modo no hay peligro". Confieso que no sintiéndome muy convencido, le apremié a que anduviéramos más de prisa. "No –me respondió– en tanto que ellos no aceleren su marcha". Nos lanzábamos al galope así que una pequeña colina nos ocultaba a la vista de los extraños; pero nos poníamos al paso así que volvíamos a hallarnos a la vista de ellos. Llegamos, al fin, a un valle y, girando hacia la izquierda, ganamos rápidamente al galope el pie de una colina; allí el guía me entregó las riendas de su caballo, hizo que se tendieran los perros y avanzó rastreando sobre manos y rodillas. En esta posición permaneció algún tiempo y, al fin, rompiendo a reír, exclamó: "¡Mujeres!" Acababa de reconocer a la mujer y a la cuñada del hijo del comandante, que buscaban huevos de avestruz. He descrito la conducta de ese hombre porque todos sus actos se hallaban dictados por la convicción de que nos encontrábamos frente a indios. No obstante, en seguida que descubrió su absurda equivocación, me dio cien buenas razones para probarme que no podía tratarse de indios; razones que un instante antes tenía olvidadas por completo. Entonces nos dirigimos apaciblemente hacia Punta Alta, punta poco elevada desde donde podíamos, sin embargo, descubrir casi todo el inmenso puerto de Bahía Blanca.
