Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Antes de que salga el Sol, abandonamos la miserable choza en la que hemos pasado la noche. El camino atraviesa una estrecha planicie arenosa situada entre el mar y las lagunas saladas. Un gran número de magníficas aves pescadoras, tales como garzas reales y grullas, y plantas vigorosas que adoptan las formas más fantásticas, dan al paisaje un interés que ciertamente no tendría de otro modo. Plantas parásitas, entre las cuales admiramos sobre todo las orquídeas por su belleza y por el delicado aroma que despiden, cubren literalmente los pocos árboles achaparrados diseminados aquí y allá. Así que sale el Sol, el calor es intenso y la reverberación de sus rayos sobre la blanca arena se hace muy pronto insoportable. Comemos en Mandetiba; el termómetro marca 84° Fahrenheit (28,8° centígrados) a la sombra. Las boscosas colinas se reflejan en el agua tranquila de un lago inmenso, y este admirable espectáculo nos ayuda a soportar los ardores de la temperatura. Existe en Mandetiba una venda⁽⁹⁾ bastante buena; quiero dar pruebas de mi reconocimiento por la excelente comida que allí nos dieron, comida que ¡ay! constituye una rara excepción, no reflejando esa venta el tipo de todos los albergues del país. Esas casas, a menudo muy grandes, están todas ellas construidas de exacta manera: se clavan en el suelo unos pies derechos entre los cuales se entrelazan ramas de árboles, y después se recubre el todo con una capa de yeso. Es raro encontrar pisos entarimados y en ningún caso hay vidrios en las ventanas; la techumbre, por lo regular, hállase en buen estado. La fachada, que se deja abierta, forma una especie de galería donde se colocan bancos y mesas. Los dormitorios comunican todos unos con otros, y el viajero duerme como puede encima de una tarima de madera, recubierta con un delgado jergón. La venta tiene siempre en medio un gran patio donde se atan los caballos. Nuestro primer cuidado al llegar es desbridar y desensillar a nuestros corceles y darles el pienso. Hecho esto, nos aproximamos al ventero y con una profunda reverencia, le rogamos que tenga la bondad de darnos algo de comer. "Todo cuanto usted quiera, señor", acostumbra contestar. Las primeras veces, yo me apresuraba a dar gracias en mi interior a la Providencia que nos había conducido junto a un hombre tan amable. Pero, a medida que la conversación continuaba, las cosas iban tomando un aspecto menos satisfactorio.