Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo —¿PodrÃa usted servirnos pescado?
—¡Oh! No, señor.
—¿Y sopa?
—No, señor.
—¿Y pan?
—¡Oh! No, señor.
—¿Y tasajo?
—¡Oh! No, señor.
DebÃamos darnos por muy satisfechos si, después de haber esperado dos horas, lográbamos obtener aves, arroz y farinha. A veces, hasta tenÃamos que matar antes a pedradas las gallinas que habÃan de servirnos para cenar. Y cuando, absolutamente agotados por el hambre y la fatiga, nos atrevÃamos a decir tÃmidamente que nos juzgarÃamos muy dichosos si la comida estuviera dispuesta, el hostelero nos respondÃa con orgullo: "La comida estará cuando esté", y lo peor era la verdad que encerraban estas palabras. Si nos hubiéramos atrevido a quejarnos, o a insistir tan sólo, se nos habrÃa rogado que prosiguiéramos nuestro camino. Los posaderos son muy poco amables, a menudo hasta muy bruscos; sus casas y sus personas, la mayor parte del tiempo están descuidadas y sucias; en sus posadas no se encuentran ni cuchillos, ni tenedores, ni cucharas, y estoy convencido de que serÃa difÃcil encontrar en Inglaterra una casita, por pobre que fuera, tan desprovista de las cosas más necesarias para la vida.