Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Tres balleneras y la yola, tripuladas por veinticuatro hombres, parten al mando del capitán Fitz-Roy. Por la tarde penetramos en la embocadura oriental del canal, y poco después encontramos una encantadora aunque pequeña bahía, oculta por algunos islotes que la rodean. En aquel lugar levantamos nuestras tiendas y encendemos hogueras. Nada más delicioso que esa escena. El agua de la pequeña bahía, como un espejo; las ramas de los árboles colgando por encima de los bordes de las rocas, los botes anclados, las tiendas sostenidas por los remos, el humo elevándose en copos por encima de la selva, todo está impregnado de la más perfecta calma. Al siguiente día, 20, nuestra flotilla se desliza con toda tranquilidad y entramos en un distrito más habitado. Un escaso número de indígenas, ninguno de ellos quizá, había visto a un hombre blanco; pero en todo caso es imposible de pintar el asombro que experimentaron a la vista de nuestros barcos. En todas partes ardían hogueras (de ahí el nombre de Tierra del Fuego), para atraer nuestra atención y extender a lo lejos la nueva de un suceso extraordinario. Algunos indígenas nos siguieron durante muchas millas corriendo a lo largo de la costa. No olvidaré jamás la impresión que me causó el aspecto de uno de esos grupos de salvajes: cuatro o cinco hombres aparecieron de pronto en la cumbre de una roca que caía a pico sobre el agua; desnudos por completo, con sus largos cabellos sueltos, tenían en las manos rústicos bastones; saltaban sobre el suelo, y levantaban los brazos en alto haciendo las más grotescas contorsiones y lanzando los alaridos más espantosos.


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