Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Hacia la hora de la comida, desembarcamos en medio de un grupo de fueguinos. Al principio mostraron disposiciones hostiles, porque conservaban su honda en la mano, hasta que el capitán Fitz-Roy hizo avanzar tan sólo su bote dejando los otros atrás. Pero bien pronto somos buenos amigos; les hacemos algunos regalos y nada les gusta tanto como una cinta roja que les atamos alrededor de la cabeza. Gustan de nuestra galleta; pero uno de los salvajes toca con la punta del dedo la carne en conserva que me disponía a comer y, al notar que era blanda, muestra tanta repugnancia como la que hubiera podido sentir yo por un trozo de ballena podrida. Jemmy se muestra avergonzado de sus compatriotas y declara que su tribu es del todo distinta; se equivocaba terriblemente el pobre muchacho. Es tan fácil compadecer a esos salvajes como difícil satisfacerles. Jóvenes y viejos, hombres y niños, no cesan de repetir la palabra yammerschooner, que significa "dámelo". Luego de haber indicado uno después de otro casi todos los objetos, hasta los botones de nuestros vestidos, repitiendo su palabra favorita en todos los tonos posibles, acaban por emplearla dándole un sentido neutro y se alejan repitiendo: Yammerschooner! Después de haber "yammerschunerado" con pasión, aunque en vano, por todo cuanto ven, recurren a un sencillo artificio e indican a sus mujeres e hijos, como si quisieran decir: "Si no queréis darme lo que os pido, seguramente que a esos no se lo negaréis".


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