Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Llegada la noche, tratamos en vano de hallar un cala deshabitada, y al fin nos vemos obligados a vivaquear a poca distancia de un grupo de indígenas. Muy inofensivos mientras fueron en corto número, al día siguiente, 21, por la mañana, reunidos con otros recién llegados, notamos síntomas de hostilidad que nos hacen temer que tendremos que pelear. Un europeo tiene grandes desventajas cuando se encuentra en presencia de salvajes que no tienen la menor idea de la potencia de las armas de fuego. El mismo movimiento que se ve obligado a hacer para echarse el arma a la cara, a los ojos del salvaje le hace inferior en mucho a un hombre armado de arco y flechas, de una lanza o hasta de una honda. Por otra parte, es casi imposible darles pruebas de nuestra superioridad sin descargar un golpe mortal. Lo mismo que los animales salvajes, no parecen inquietarse por el número; porque cada uno de ellos, en vez de retirarse si le atacáis, trata de romperos la cabeza con una piedra, de igual modo que un tigre procuraría haceros pedazos en circunstancias análogas. Una vez, el capitán Fitz-Roy, rodeado muy de cerca, quiso asustar a algunos de estos salvajes; empezó por sacar el sable para amenazarles, y ellos se echaron a reír. Entonces descargó por dos veces su pistolete a poca distancia de la cabeza de un indígena. Este pareció asombrarse mucho y se frotó la cabeza con cuidado; después se puso a hablar con sus compañeros con la mayor vivacidad, pero no pensó en huir.


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