Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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A juzgar por su color y su corta talla, los habitantes parecen tener tres cuartas partes de sangre india en las venas. Son gentes humildes, tranquilas, industriosas. Aunque el fértil suelo proveniente de la descomposición de las rocas volcánicas sostiene una lujuriante vegetación, el clima no es, sin embargo favorable a los productos que tienen necesidad de sol para alcanzar su madurez. Hay pocos pastos para los grandes cuadrúpedos; por consiguiente, los principales alimentos son los cerdos, las patatas y el pescado. Los habitantes usan todos gruesos vestidos de lana, que cada familia teje por si misma, y que tiñe de azul mediante índigo. Sin embargo, todas las artes son de lo más rudimentario, y para tener la prueba de ello no hay sino que examinar su singular manera de labrar, su modo de tejer, su manera de moler el grano o de construir sus barcos. Las selvas son tan impenetrables, que la tierra no se cultiva en parte alguna, salvo junto a la costa y en los islotes vecinos. Hasta en los lugares en que existen senderos, apenas si pueden atravesarse éstos, tan pantanoso es el suelo; por eso los habitantes, como los de Tierra del Fuego, circulan principalmente por la orilla del mar o en sus lanchas. Los víveres abundan; pero, a pesar de ello, los habitantes son muy míseros; no hay trabajo y, por consiguiente, los pobres no pueden procurarse el dinero necesario para adquirir el más pequeño objeto inútil; además, falta la moneda hasta tal punto que he visto a un hombre cargado con un saco de carbón que iba a entregarlo en pago de un objeto menudo, y a otro cambiar un tablón por una botella de vino. Cada uno está obligado, pues, a hacerse mercader para revender cuanto ha recibido en numerosos cambios.


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