Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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El camino que conduce a Cucao es tan malo que nos decidimos a embarcarnos en una piragua. El comandante ordena a seis indios que se preparen a conducirnos al otro lado del lago, sin dignarse decirles si les pagará por su molestia. La piragua es una embarcación muy primitiva y muy extraña; pero la tripulación es más extraña aún; dudo de que se hayan encontrado reunidos jamás en un mismo barco seis hombres más feos. Me apresuro a agregar que reman muy bien y con mucho ardor. El jefe de la tripulación farfulla en indio; no se interrumpe sino para lanzar gritos extraños que se parecen mucho a los que da un porquerizo conduciendo a sus animales. Partimos con una ligera brisa de proa, lo cual nos impide llegar antes de que se haga de noche a la capilla de Cucao. A ambos lados del lago, la selva reina sin interrupción alguna. Se había embarcado con nosotros una vaca. Hacer entrar un animal tan grande en un barco tan pequeño parece a primera vista que ofrece una gran dificultad; pero los indios la vencen, hay que confesarlo, en un minuto. Conducen la vaca al borde del barco, después le colocan por debajo del vientre dos ramas cuyos extremos se apoyan en la borda; con ayuda de tales palancas, derriban al pobre animal, con la cabeza hacia abajo y las patas al aire, en la canoa, donde lo amarran con cuerdas. En Cucao encontramos una choza deshabitada; es la residencia del cura cuando viene a visitar esta capilla; nos hacemos inquilinos de esa habitación, encendemos fuego, guisamos nuestra cena y pronto nos encontramos verdaderamente a gusto.


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