Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo (20 de marzo)
A medida que ascendemos por el valle, la vegetación se va haciendo extremadamente escasa; ya casi no se encuentran sino algunas flores alpestres muy bonitas. Apenas si se ve un cuadrúpedo, un pájaro, ni siquiera un insecto. Las altas montañas, que muestran aquí y allá algunas trazas de nieve, se destacan admirablemente unas de otras; una inmensa capa de aluvión estratificado llena los valles. Si me fuera preciso indicar los caracteres que me han chocado más en los Andes y que no he visto en las otras cadenas de montañas que he recorrido, citaría: las terrazas, que forman a veces llanuras estrechas a cada lado de los valles; los colores brillantes, principalmente rojo y púrpura, de los peñascos de pórfido absolutamente desnudos y elevándose perpendicularmente; las grandes y continuas vetas minerales que semejan muros; las capas admirablemente distintas que, cuando se yerguen casi verticalmente, forman las puntas centrales, tan salvajes y tan pintorescas, pero que, cuando están inclinadas en pendientes suaves, componen las grandes montañas macizas en el exterior de la cadena; y, finalmente, los montones cónicos de detritos brillantemente coloreados que se elevan en rápida pendiente desde la base de las montañas hasta una altitud de más de 2.000 pies.